Hombres de agua (Máquina de escribir)

"Máquina de escribir" de Héctor Iván González, Coordinador de “La Escritura poliédrica. Ensayos sobre Daniel Sada”, Becario del Fonca en el Género de Novela. Esta es su publicación de crítica, creación y reseñas.

lunes, 3 de octubre de 2016

L’ANOFELE VIENE UN’ALTRA VOLTA VERSO DI TE (Trad. Lucia Cupertino)

per  Pepe de la Colina, con affetto

Percorre uno ad uno i palmi che li separano
Avanza con la tenacia di un pugile

Si avvicina con la profonda convinzione

Il progetto improrogabile di offenderti
Introdurre il suo aculeo di filamento sottile
Viene verso di te perché ti ha scelto
Risale la distanza d’aria cristallina

Accompagnato dalla sua terribile personalità

Si avvicina per lasciarti tutto ciò che possiede

Ha scelto proprio te tra un sacco d’altri

Non importa se per lui/lei sei un fiore o un frutto
Ciò che importa è che vuol bere da te,

vuole, da buon amante, mangiarti

lentamente e a tocchetti con dolcezza

Desidera staccare ognuna delle tue membra

Ed irrigare, sedimentare, una saliva sorda

Ti assedierà col suo passo da barracuda

Ti torturerà ripetutamente
come si lacera un condannato

Irromperà nel tuo sonno, col suo sonar

Interverrà sulle soavi maree

per penetrare un sonno leggerissimo  

Mentre lo aspetti, temerario gironzola, fa un giro
e si avvicina alla chiocciola dell’orecchio

come un mollusco che cerca asilo

Dovrai sentirti prigioniero
impetrerai Dio affinché osservi,

gli chiederai con una fede cruenta
che faccia cadere la zanzara dalla punta del cielo.

Affila la sua catana d’argento in silenzio
all’inverso, perforata, scure spirali
che atterrano in direzione del tuo punto polposo.
Non ci sarà peggiore slogan

che essere assillato da questo

piccolo spillo con ali,

messianico cactus che ripara la notte,

terrorista e vampiro: anofele.

Mille e una volte, bucaniere
Una volta per tutte

ti maledico moscuccia lionata.
So che in te le colpe dei miei
peggiori raptus, dei miei chiari
vituperi, prendono forma
e una sorta di finto riposo

Ancora una volta si avvicina tenue
col suo ronzio zittente, come

delle forbici che stridono contro l’aria.
Lo seguo e fugge con astuzia
Sembra conoscere la geografia esatta della mia stanza.
Se la svigna come un malvivente
per notti intere tra silenzi

Mi dà ai nervi la sua visita
È peggio di un lamento fuori dalla porta
Perturba come il tafano geloso

e mentre si allontana in modo inatteso
lo catturo con un colpo digitale.

Resta semi-ferito nelle linee

e nei solchi tremanti della mia mano.

Con tutta la mia crudeltà, fissamente,
comincio ad amputargli tutte
e ognuna delle sue piccole membra.

Per cominciare una zampa che rompo
dopo un’antenna che balbetta il suo stridio
Maledetto, svergognato, cane!

Gli rimuovo due zampe di colpo

e premo sulla testa fieramente.

Ma che brutto che sei, bastardo

Non arrivi neanche ad una bella orridezza
Sei un degno figlio del diavolo

Che strano, mentre ti sfoltivo

sentivo come se lo stessi facendo

a Dio che vigila su questo mondo!

Che piccola faccia di falco
E che bizzarro busto di avvoltoio

Ti ritorci nella tua impotenza
e muggisci come un bebè
che è nato malformato

Mentre consegni il tuo fiato,
mentre ti agiti sul tovagliolo

esploro la tua presenza maligna.

Benché ti rimanga una sola zampa, lotti,
protesti come un astato impregnato
di una morte che osserva.

E tu credi che puoi andare avanti,
figura grottesca. A te, scavato,
a te, chiassoso, voglio lasciarti boccheggiare
come tu hai fatto agonizzare me,
pezzo di una figura commiserevole,

ronzi come un aeroplano inerme
che dovrebbe affogarsi in un mare di sangue
sei un resto di fonderia

La tua impotenza si ipoteca, ma
ti lascerò vivere, macchia di patella,
succhiami tutto il sangue che vuoi
Non credo che, per quanto possa sorbire,
potrai recuperare le tue zampette,
massacratore, né che la mia emoglobina
faccia fiorire le tue ali di gelatina.


(Este poema se incluyó en el libro “Los 43. Poetas por Ayotzinapa”, compilado por Ana Matías, el cual ha alcanzado tres ediciones no venales. La primera se distribuyó en América, la segunda en España y la tercera en Italia, cuya traducción estuvo a cargo de la traductora Lucia Cupertino. Agradezco a todas las personas involucradas en tan loable proyecto haberme integrado.)

viernes, 29 de julio de 2016

“El mal perfecto”, sobre “Ningún infierno”, de Alejandro Hosne, Alfaguara Argentina 2016.





(Versión argenta)

Decía Ezra Pound que el escritor debe aspirar al parricidio para sólo así poder hablar de que su identidad se deslinda de las influencias y alcanza la madurez. Como se ha dicho, García Márquez es un peso para las jóvenes generaciones colombianas que no quieren seguir poblando su literatura del (mal llamado) “realismo mágico”. Sin embargo, pocos son los que se quieren deshacer de Borges. A pesar de que su influencia siga viva en los jóvenes, ya empiezan a surgir disidentes. Precisamente el caso de Ningún infierno (2011, reed. Alfaguara 2015), de Alejandro Hosne, es aquél de la obra menos típica de la literatura rioplatense. Con ella ya podemos hablar de parricidio.

El lugar de los hechos es la Argentina, pero no la de las ensoñaciones gardeliana ni borgesiana; no hay gauchos, ni tangos, ni siquiera hay las aterciopeladas notas del bandoneón de Piazzolla; la música es puesta de soslayo al punto que sólo hay breves menciones de Charly García, Fito Páez y una de nuestro Sol, Luis Miguel: “el putazo-quemado-a-lámpara”; se trata de un país que sólo se identifica porque en el poder está Carlos Saúl Menem (Anillaco, 1930) o “el Mandril”, como generosamente le llama el narrador. Debido a que hubo tantos periodos es difícil saber en cuál se encuentra como presidente; simplemente está claro que la nación ya está hundida en un periodo de crisis, que la ciudad se ha vuelto una jungla donde se puede asesinar, violar, explotar y defraudar con la mayor de las impunidades. En suma, es una Argentina que podría ser cualquiera de los países de Latinoamérica en la década de los noventa.

Un joven apenas mayor de los veinte años cuenta la historia que se va sucediendo día a día, donde nunca habla de él sino lo más mínimo, no es la historia de su vida, ni de sus nostalgias las que nos va a relatar. Se trata de la búsqueda de un proyecto personal donde el sexo, la tortura, el castigo y la aniquilación ocupan todos sus esfuerzos. La conciencia que se revela en esta novela es la del mal perfecto, un ser que despiadadamente se ha puesto a cumplir la voluntad nihilista de la destrucción. En la sociedad drásticamente polarizada en la que actúa no toma bando por nadie, y ejecuta tanto a los miserables que se alimentan de la basura lo mismo que a la típica belleza argentina que arranca suspiros al pasar. El personaje de Hosne es una máquina de guerra que finge estar conforme con la realidad que le ha dejado el tiempo, pero que por las noches busca una víctima diferente para ponerle fin a sus días.

Esta conciencia hace algo más que narrar la realidad, retrata la miseria, la cobardía, la medianía de todos aquellos que tienen la suerte de cruzarse en su camino. No es una crítica lo que lleva a cabo, es una diatriba manifiesta que se transforma en actos. Ésta puede ir desde señalizaciones sencillas como: “Sabía que si amagaba con largar la Facu el desnutrido crédito de sus viejos se iría a la mierda, tendría que trabajar como nosotros y eso lo hacía vomitar pesadillas toda la noche”, hasta descripciones más gráficas: “Cualquier engendro como Magdalena requiere de una concha maléfica para ser parido, y doña Julia tenía esa concha y un par de ovarios tan envenenados como para hacer una hija a su semejanza”.

(Versión mexicana)

Salta a la vista que el lenguaje del libro no tenga concesiones con las “buenas maneras”, ni se censure ningún tipo de giro lingüístico prosaico, altisonante o procaz. Las palabrotas reciben justicia en esta obra, sin por esto convertirse en una obra que descuide la calidad literaria. Incluso se podría decir que construye mucho mejor las escenas y administra bien estos recursos que algunas novelas que se jactan de ser desinhibidas, precisamente porque la prosa no agota ni es reiterativa. Puede ser una de las obras más perversas que se haya publicado, pero no raya en lo fácil ni en lo hortera. Hosne ha materializado una voz narrativa jaspeada con imágenes que recuerda al mejor Céline o al más diáfano Genet, y lo logra al introducirnos en un mundo absolutamente sórdido donde el lector más exigente se sentirá a gusto. ¿No radica en este paradójico logro que la literatura de Genet pueda ser tan excedida, tan excesiva y tan extravagante y nos siga pareciendo agradable frecuentarla? Pasa lo mismo con Ningún infierno: a pesar de sus orgías, de sus asesinatos con lujo de crueldad, de sus descripciones violentas y de sus imágenes sicalípticas nunca cae en el regodeo. “La yegua ni esperó a salir del ascensor, se me tiró encima manoteando el órgano y como si jurase sobre una biblia me pidió que se la metiera cuantas veces quisiera y por donde quisiera. Con besos o sin besos, le daba igual”.

Tampoco se trata de una obra que apueste por el solaz sádico per se, detrás de cada escena, de cada capítulo, se va construyendo una trama mayor, un andamiaje que sólo alcanza su cumbre al final. Cualquiera que aprecie la acumulación, la intensificación de las historias, y que no lea sólo de línea en línea, sabrá apreciar que Ningún infierno crece como historia y se va constriñendo cada vez más. Su trama termina por materializar el nudo de una horca que se va cerrando lenta e inexorablemente alrededor de los personajes.

No niega su tiempo, dialoga con él, e incluso se aventura a cuestionar la resistencia patética y resignada que tienen los deudos de los desaparecidos por la dictadura; aquella que infligiera un daño irreversible a la sociedad argentina. La voz hiperconsciente pone el dedo en la llaga —esa terrible herida aún abierta— para dar una lectura histórica del terrorismo de estado que se perpetró contra las personas que —en su legítimo derecho— luchaban contra la barbarie:
Claro que la gran traición a los ingenuos pone-bombas no vino de manos de milicos sino de la gente común, que nunca pudo tolerar la guerrilla porque simbolizaba al civil armado contra el sistema. La imagen de su misma sangre en contra-ataque la humillaba, la sacaba de su sillón de cómplice. Fue entonces cuando se rogó al Estado que despareciera al hermano. De no haber existido esta mayoría silenciosa los milicos no se habrían atrevido a nada, un genocida no da un paso sin consenso. Sin aparato, sin institución, esos cagones no se atreven a tocarle un dedo a nadie. El genocida se hace a fuerza de papeleo y avales, no de satanismo y personalidad.

A su vez, el punto de vista nos recuerda cierta crudeza al hablar de todo lo que pasa. En este mundo el cadáver de un vagabundo puede estar descomponiéndose en la calle sin que nadie repare en él. Desenmascara una situación problemática de nuestras sociedades que radica en las grandes cantidades de indigentes que viven como animales en las mismas aceras por donde todos pasamos. Hay un tanto de Bernhard en la forma llana de relatar las cosas, pero que no carece de ciertos giros orales que explotan el humor negro que arranca la carcajada involuntaria: “Al minuto vi salir a la gorda con tres amigas. Estaba claro el lugar patético que ocupaba la gordita con esas turras, todas flacas, atractivas, sin conmiseración con su amiga discapacitada […] La vaquita, descorazonada, miró la fachada del boliche, más amenazador que nunca, después la avenida, y rumió su destino de cenicienta de pie gordo sin zapato chico”. Y, precisamente, arranca la carcajada porque cualquiera sabe qué papel es asignado a alguien con sobrepeso en un mundo elitista y frívolo como el que crean nuestras sociedades. Hosne descubre los sentimientos ocultos que nos causa alguien con este problema, en lugar de hacer un simple señalamiento admonitorio e hipócrita. Así que no podemos fingir que somos buenos y creemos que todos somos iguales pues no tratamos del mismo modo a una mujer bella que a una que es poco atractiva.

Si hubiera un reparo que se tenga que plantear tendría que ser que el protagonista no tiene matices. Jamás es puesto en peligro, su habilidad para asesinar es insuperable y no se nos permite verlo en una cuestión desfavorable. Es atractivo, un amante tipo película porno, arrojado, y pareciera un Sherlock Holmes más cerca de la versión de cine que de la original. En un momento se nos dice que su forma de mirar es una anticipación de la muerte y a todo aquel que se la inflige experimenta un frío estertor. Quizás así fue pensado el personaje de origen, lo cual no emborrona la habilidad del narrador, sólo digamos que no permite ver completamente al antihéroe.
La ambición de Hosne nos deja ver que está en contra de las convenciones, que no va a ceder un palmo a la policía literaria y que su apuesta también está en los alardes del lunfardo rioplatense: “El pato caminaba despacio, fumando canchero ¡un habano! Increíbles estos tipos, obsesionados por la apariencia aunque nadie los vea. Con que haya un gato sarnoso durmiendo debajo de un auto hacen su número igual, por las dudas, a ver si el gato aprende a hablar y le cuenta al mundo los grossos que son. El narcisismo, que hace quedar como idiota al inteligente y como idiota al idiota, en lo único a lo que se aferraba este tarado”. Es innegable que una parte del personaje tiene una deuda con la trilogía de Ernesto Sábato, el proyecto de lograr un antihéroe que se alimenta de la muerte de lo que más ama y de lo que odia. Sin embargo, Hosne cala aún más profundo por la gran claridad de su montaje narrativo, la profundidad de sus personajes, los cuales se tatúan en la mente del lector de inmediato, quizá porque alrededor nuestro hay ese mismo tipo de espíritus humillados. No me queda duda de que la voz de Hosne logra mejor esa infinita soledad de los personajes que la de Sábato, su confección es más precisa y su composición mucho más compleja; sin por esto escatimar la grandeza del autor de Sobre héroes y tumbas.
Ningún infierno es una obra que trascenderá, y que, por la cantidad de emociones contradictorias y disparatadas que le infligirá al lector, no deberá pasar desapercibida.

jueves, 9 de junio de 2016

“Franqueza y responsabilidad”, por Ulises Velázquez Gil, sobre “Menos constante que el viento”


 Al principio de El poeta en su tierra, Braulio Peralta refiere, en su primera entrevista con Octavio Paz, una sencilla pero contundente respuesta a la pregunta sobre su acto de escribir: “Desde mi cuarto, desde mi soledad, desde mí mismo. Nunca desde los otros”. En el solitario acto de leer, se crea una conciencia solidaria cuando al final de nuestra lectura hacemos nuestras varias ideas expuestas ante nuestros ojos, y en el empeño de comprenderlas mejor se suscita una conversación interminable que es el escribir.
Crítico por partida doble (lector, escritor), Héctor Iván González nos presenta un volumen de ensayos (a la sazón, primer libro) donde esa “conversación” se conduce hacia otros lares de la palabra y del constante volver a sus viejos puertos, es decir, sus autores queridos por leídos, y viceversa.
Menos constante que el viento se compone por veinte ensayos, resultantes de coloquios, encuentros y persistencia lectora, que, como en el verso de William Shakespeare que da nombre al libro, […] “se ha dejado conducir por sus proclividades y que, eso sí, ha tratado de hacerlo con la mayor seriedad posible y con el rigor que es preciso imponerse al tratar estos temas; siempre evitando dejarse llevar por los efímeros gustos de su época o las imposiciones externas”.
Al revisar el índice del libro, varios de los autores referidos y estudiados por Héctor Iván González son de sobra conocidos, lo que suscitaría sospecha de nuestra parte, sin embargo, la incursión en cartografías previamente trazadas siempre se vuelve proteica mirada, como ésta sobre Octavio Paz, sobre el cual […] “es necesario precisar que […] no es el mejor ni el más importante, pero sí el más trascendente; ha sido crucial para las generaciones de poetas y de ensayistas que lo sucedieron, quienes pueden seguir su camino hasta convertirse en simples epígonos, o aquellos que se pelean con él y lo confrontan hasta acentuar sus excesos, lo iluso sería tratar de ignorar lo que hizo”.
Para la generación de González (que también es la mía, de cierta manera), no basta con creer la primacía de la figura paciana, sino más bien se busca justipreciarla, reconocerle aciertos y fallas, en aras de acercarse más al autor: “Derruir certezas también es un trabajo de la crítica. Quizá lo mejor que le hubiese sucedido a Paz hubiera sido empezar por el final y por ahí seguirse”. (El subrayado es mío.)
Otros autores dignos de mención en  Menos constante que el viento son Fernando del Paso, Nellie Campobello y Francisco Hernández, a quienes el autor dedica líneas acertadas, generosas e inteligentes; pondera su lugar  dentro de la literatura mexicana, así también las innovaciones que hacen única su obra, donde quiera que se dé su lectura. Incluso, para el ensayo sobre Del Paso, se permite cierto guiño anecdótico: “Fue en una cantina donde me orillaron a plantearme la escritura de este ensayo, si hubiese sido en una tasca de Madrid diría que “me tiraron de la lengua” al punto de casi no poder resistir más. En medio de una discusión de cantina a la manera de las discusiones que se suscitan en Palinuro de México […] me vi en la necesidad […] de poner por escrito qué representa una obra como la de Fernando del Paso en nuestros días”.
Para el ensayo sobre Campobello, Héctor Iván González ejerce una mirada periscópica por una escritora y hacia una obra digna no sólo de leerse, sino de estudiarse sin ceñirse a los dictados del momento. Desde el inicio de su ensayo ya sabemos a qué atenernos: “Al escuchar el nombre de Nellie Campobello surge una evocación involuntaria. Muchos no saben a dónde los llevará, algunos la siguen, otros se detienen y piden alguna referencia, pero todos tienen una reminiscencia, por vaga que ésta sea”.
En este punto, es deber del crítico dar luces sobre obras que han padecido el pecado de la omisión; con Campobello, como con Elena Garro y otras autoras, la omisión no es voluntaria, mucho menos involuntaria, sino injusta. Pero cuando aparece un buen crítico para resarcirle su justo lugar, todavía contamos con algo de esperanza. (Ojalá  el centenario de alguna de ellas, como me decía una joven narradora, no se vuelva “moneda de chocolate”.)
Además de los escritores antes referidos, el autor dedica líneas y generosos párrafos a otros que su curiosidad lectora y persistencia crítica no debe pasar por alto, o, por el contrario, de tan ensalzados en pedestal, digno es ponerlos a nivel de suelo. William Faulkner, Pierre Michon, Émile Zola y su J’accuse, Dante y Baudelaire (quienes, me imagino, ejercen una fuerza descomunal sobre el autor), aparecen en este libro a guisa de ejercicio de admiración (Cioran dixit). No cabe duda que al leerlos y someterlos al ojo clínico de la crítica, los hace menos lejanos, más nuestros. Incluso, con el siempre presente Alfonso Reyes –y La crítica en la edad ateniense– al describirlo a él, describe a todos los críticos, quienes ejercen […] “los mejores y más claros atributos de los que goza la crítica moderna: observación detenida del fenómeno, ejecución de un esfuerzo expreso de crear un entendimiento con la obra, persistencia de un diálogo total y un acercamiento que pueda presentar sus principios y la congruencia con sus resultados”.
Otro punto a favor dentro de Menos constante que el viento, son las “pequeñas historias” de algunas literaturas, como la argentina de los años recientes (con Alejandro Hosne como uno de sus representantes más sonados), o la genealogía poética del siglo XIX al XX y parte de los dosmiles. Aunque esa tarea no sea del todo nueva, la manera de hacerlo sí lo es, con un estilo sencillo pero acertado en sus afirmaciones; por otro lado, entre filias y fobias, digno es resaltar el ensayo sobre Manuel Vázquez Montalbán, escrito más con el corazón que con el hígado –“los temas nacen del hígado”, pontificaba Edmundo O’Gorman–, y no es para menos, pues en afán de compartir una grata experiencia lectora, nunca estará de más hacerse de varios libros suyos, o de perdida, releer los que se tengan a la mano.
En suma, Menos constante que el viento es la primera suma crítica de un escritor cuyo compromiso ineludible es con y para la literatura, y los procesos que de ésta se deriven; franqueza y responsabilidad vueltas conversación más allá del cuarto, la soledad, consigo mismo. Y en este sentido, todavía queda mucho por decir acerca de Héctor Iván González, a quien saludo desde aquí, en espera de la compilación que confirme el buen sino de su primer libro. (Así sea.)
(Texto publicado en “Flor y Látigo” http://florylatigo.org/?p=3695)