Hombres de agua (Máquina de escribir)

"Máquina de escribir" de Héctor Iván González, Coordinador de “La Escritura poliédrica. Ensayos sobre Daniel Sada”, Becario del Fonca en el Género de Novela. Esta es su publicación de crítica, creación y reseñas.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Daniel Sada a tranca palanca*



Pobre Mágico, pobre país sumergido en un hoyo negro
El lenguaje del juego, Daniel Sada

Desde el inicio de su obra, Daniel Sada (Mexicali 1953-DF 2011) mostró cuáles serían sus derroteros estilísticos, obras como Lampa vida, Registro de causantes o Albedrío evidenciarían su búsqueda por ampliar la extensión del lenguaje. Heredera de los neobarrocos, su narrativa incorporaba elementos que la distinguían de la corriente principal de la prosa mexicana, las descripciones decimonónicas y los paisajes tipo mural estaban fuera del proyecto de escritura del “más formalista de nuestros narradores” –como le llamara Salvador Elizondo. Del mismo modo, la prosa previsible y correcta estaba fuera de sus características, por el contrario, la inclusión de frases coloquiales, lenguaje expresivo, tropos retóricos y giros culteranos serían sus rasgos de identidad. Estos elementos –más que su uso de la métrica– darían a su literatura el carácter de estar fuera del recipiente de lo correcto o incluso de uno de los rasgos de la literatura mexicana, lo señorial. Ser un narrador que rompa con la tradición o que la reformule será uno de los logros de Daniel Sada, a pesar de que él mismo lo pudo haber ignorado.
            Su etapa de madurez, cuyos iconos serían Porque parece mentira la verdad nunca se sabe y Casi nunca, lo vinculó a ojos de algunos con José Lezama Lima; Sada nunca se deslindó de él y además agregó a Joao Guimaraes Rosa, Carlo Emilio Gadda y a Heliodoro. En las obras de todos ellos hay una característica, el lenguaje como elemento principalísimo, lo cual deja de lado la verosimilitud, el recuento histórico, el pathos o la veracidad. Estas obras son una aventura con el lenguaje que roza con el barroco y lo renueva; como el barroco de los Siglos de Oro, busca responder a la inercia modernizante, más que economía del lenguaje, procura la profusión del léxico; más que la celeridad narrativa, opta por la ralentización de las acciones; no busca mapear la escena, prefiere circunnavegarla; rehúye prodigarse en escenificaciones y merodea los detalles. Incorpora giros lingüísticos regionales,[1] pero también culteranismos, esto es: referencias a sucesos de la historia de las costumbres o de la cultura clásica. Más que juegos de palabras, opta por la unión de contrarios, como el oxímoron o la sinestesia. En suma, todo lo que está incluido en la obra de marras está supeditado a enriquecer la experiencia literaria, crear una situación donde el lector que busca la anécdota per se esté fuera de su zona de confort y que el lingüista o el filólogo tenga un fascinante encuentro literario. Es una literatura antidemocrática porque no le da la razón al pueblo, sino que lo inquieta.
            Ese modo que colma, A la vista y El lenguaje del juego, un libro de cuentos y dos novelas respectivamente, son una etapa interesante porque dan fe de la búsqueda sadiana por nuevas formas. Entre los cuentos podemos encontrar un corrido versificado o una pieza maestra de metaliteratura, “Atrás quedó lo disperso”, a la vez que una aproximación al narco. En A la vista, regresa al desierto (su paisaje interior) y a la violencia (una condición deplorable vigente). Es muy probable que El lenguaje del juego sea su última obra maestra, en ésta aparecen todos los tópicos sadianos, el lenguaje norteño como factor principal, el humor que lo lleva incluso a reírse de sí mismo negándose a reiterar un recurso anterior (p. e. aquí la sexualidad está puesta de soslayo) y, lo más relevante, su tentativa de hacer una novela del narco absolutamente sui géneris. En una etapa en que se preponderaba este género literario, Sada publicó Casi nunca, una historia amorosa, y cuando viene el declive de la literatura del narco, nos deja una novela que no busca la verosimilitud sino la exhibición de los infinitos absurdos que rodean este mundo. A diferencia de novelas emblemáticas del narco y la violencia, como Leopardo al sol de Laura Restrepo o de 2666 de Roberto Bolaño, Daniel Sada esculpe una obra que explora una forma peculiar de narrar el sinsentido de la ambición, la violencia y la masacre que propicia este negocio ilícito. No deja fuera ni el viaje psicotrópico:
Para acá el cigarrito. El jalón ominoso que entreabre lo intrínseco del tiempo. Aguante: el más posible para saber acumular lo ambiguo: aquello que se afila para luego engrosarse; aquello que se expulsa: humillo y desazón. Para allá lo que sobra: la opaca conjetura.

Salta a la vista que Daniel Sada rehuía del tratamiento más convencional y trataba de reformular la escritura infatigablemente. De la misma forma, su ambición por inmiscuir a numerosos personajes me permite decir que Sada ya es uno de los autores más relevantes del final del siglo XX porque, tal como señalaba T. S. Eliot, se integra al corpus mexicano para aumentarlo y reconfigurar la perspectiva que teníamos previamente de éste.–  

*Este breve texto apareció en la revista “La Tempestad” de febrero de 2016



[1] De ahí la importancia de Sada en la literatura del norte, pues les enseñó a los jóvenes escritores que su mundo también era materia prima para narrar.

viernes, 29 de julio de 2016

“El mal perfecto”, sobre “Ningún infierno”, de Alejandro Hosne, Alfaguara Argentina 2016.





(Versión argenta)

Decía Ezra Pound que el escritor debe aspirar al parricidio para sólo así poder hablar de que su identidad se deslinda de las influencias y alcanza la madurez. Como se ha dicho, García Márquez es un peso para las jóvenes generaciones colombianas que no quieren seguir poblando su literatura del (mal llamado) “realismo mágico”. Sin embargo, pocos son los que se quieren deshacer de Borges. A pesar de que su influencia siga viva en los jóvenes, ya empiezan a surgir disidentes. Precisamente el caso de Ningún infierno (2011, reed. Alfaguara 2015), de Alejandro Hosne, es aquél de la obra menos típica de la literatura rioplatense. Con ella ya podemos hablar de parricidio.

El lugar de los hechos es la Argentina, pero no la de las ensoñaciones gardeliana ni borgesiana; no hay gauchos, ni tangos, ni siquiera hay las aterciopeladas notas del bandoneón de Piazzolla; la música es puesta de soslayo al punto que sólo hay breves menciones de Charly García, Fito Páez y una de nuestro Sol, Luis Miguel: “el putazo-quemado-a-lámpara”; se trata de un país que sólo se identifica porque en el poder está Carlos Saúl Menem (Anillaco, 1930) o “el Mandril”, como generosamente le llama el narrador. Debido a que hubo tantos periodos es difícil saber en cuál se encuentra como presidente; simplemente está claro que la nación ya está hundida en un periodo de crisis, que la ciudad se ha vuelto una jungla donde se puede asesinar, violar, explotar y defraudar con la mayor de las impunidades. En suma, es una Argentina que podría ser cualquiera de los países de Latinoamérica en la década de los noventa.

Un joven apenas mayor de los veinte años cuenta la historia que se va sucediendo día a día, donde nunca habla de él sino lo más mínimo, no es la historia de su vida, ni de sus nostalgias las que nos va a relatar. Se trata de la búsqueda de un proyecto personal donde el sexo, la tortura, el castigo y la aniquilación ocupan todos sus esfuerzos. La conciencia que se revela en esta novela es la del mal perfecto, un ser que despiadadamente se ha puesto a cumplir la voluntad nihilista de la destrucción. En la sociedad drásticamente polarizada en la que actúa no toma bando por nadie, y ejecuta tanto a los miserables que se alimentan de la basura lo mismo que a la típica belleza argentina que arranca suspiros al pasar. El personaje de Hosne es una máquina de guerra que finge estar conforme con la realidad que le ha dejado el tiempo, pero que por las noches busca una víctima diferente para ponerle fin a sus días.

Esta conciencia hace algo más que narrar la realidad, retrata la miseria, la cobardía, la medianía de todos aquellos que tienen la suerte de cruzarse en su camino. No es una crítica lo que lleva a cabo, es una diatriba manifiesta que se transforma en actos. Ésta puede ir desde señalizaciones sencillas como: “Sabía que si amagaba con largar la Facu el desnutrido crédito de sus viejos se iría a la mierda, tendría que trabajar como nosotros y eso lo hacía vomitar pesadillas toda la noche”, hasta descripciones más gráficas: “Cualquier engendro como Magdalena requiere de una concha maléfica para ser parido, y doña Julia tenía esa concha y un par de ovarios tan envenenados como para hacer una hija a su semejanza”.

(Versión mexicana)

Salta a la vista que el lenguaje del libro no tenga concesiones con las “buenas maneras”, ni se censure ningún tipo de giro lingüístico prosaico, altisonante o procaz. Las palabrotas reciben justicia en esta obra, sin por esto convertirse en una obra que descuide la calidad literaria. Incluso se podría decir que construye mucho mejor las escenas y administra bien estos recursos que algunas novelas que se jactan de ser desinhibidas, precisamente porque la prosa no agota ni es reiterativa. Puede ser una de las obras más perversas que se haya publicado, pero no raya en lo fácil ni en lo hortera. Hosne ha materializado una voz narrativa jaspeada con imágenes que recuerda al mejor Céline o al más diáfano Genet, y lo logra al introducirnos en un mundo absolutamente sórdido donde el lector más exigente se sentirá a gusto. ¿No radica en este paradójico logro que la literatura de Genet pueda ser tan excedida, tan excesiva y tan extravagante y nos siga pareciendo agradable frecuentarla? Pasa lo mismo con Ningún infierno: a pesar de sus orgías, de sus asesinatos con lujo de crueldad, de sus descripciones violentas y de sus imágenes sicalípticas nunca cae en el regodeo. “La yegua ni esperó a salir del ascensor, se me tiró encima manoteando el órgano y como si jurase sobre una biblia me pidió que se la metiera cuantas veces quisiera y por donde quisiera. Con besos o sin besos, le daba igual”.

Tampoco se trata de una obra que apueste por el solaz sádico per se, detrás de cada escena, de cada capítulo, se va construyendo una trama mayor, un andamiaje que sólo alcanza su cumbre al final. Cualquiera que aprecie la acumulación, la intensificación de las historias, y que no lea sólo de línea en línea, sabrá apreciar que Ningún infierno crece como historia y se va constriñendo cada vez más. Su trama termina por materializar el nudo de una horca que se va cerrando lenta e inexorablemente alrededor de los personajes.

No niega su tiempo, dialoga con él, e incluso se aventura a cuestionar la resistencia patética y resignada que tienen los deudos de los desaparecidos por la dictadura; aquella que infligiera un daño irreversible a la sociedad argentina. La voz hiperconsciente pone el dedo en la llaga —esa terrible herida aún abierta— para dar una lectura histórica del terrorismo de estado que se perpetró contra las personas que —en su legítimo derecho— luchaban contra la barbarie:
Claro que la gran traición a los ingenuos pone-bombas no vino de manos de milicos sino de la gente común, que nunca pudo tolerar la guerrilla porque simbolizaba al civil armado contra el sistema. La imagen de su misma sangre en contra-ataque la humillaba, la sacaba de su sillón de cómplice. Fue entonces cuando se rogó al Estado que despareciera al hermano. De no haber existido esta mayoría silenciosa los milicos no se habrían atrevido a nada, un genocida no da un paso sin consenso. Sin aparato, sin institución, esos cagones no se atreven a tocarle un dedo a nadie. El genocida se hace a fuerza de papeleo y avales, no de satanismo y personalidad.

A su vez, el punto de vista nos recuerda cierta crudeza al hablar de todo lo que pasa. En este mundo el cadáver de un vagabundo puede estar descomponiéndose en la calle sin que nadie repare en él. Desenmascara una situación problemática de nuestras sociedades que radica en las grandes cantidades de indigentes que viven como animales en las mismas aceras por donde todos pasamos. Hay un tanto de Bernhard en la forma llana de relatar las cosas, pero que no carece de ciertos giros orales que explotan el humor negro que arranca la carcajada involuntaria: “Al minuto vi salir a la gorda con tres amigas. Estaba claro el lugar patético que ocupaba la gordita con esas turras, todas flacas, atractivas, sin conmiseración con su amiga discapacitada […] La vaquita, descorazonada, miró la fachada del boliche, más amenazador que nunca, después la avenida, y rumió su destino de cenicienta de pie gordo sin zapato chico”. Y, precisamente, arranca la carcajada porque cualquiera sabe qué papel es asignado a alguien con sobrepeso en un mundo elitista y frívolo como el que crean nuestras sociedades. Hosne descubre los sentimientos ocultos que nos causa alguien con este problema, en lugar de hacer un simple señalamiento admonitorio e hipócrita. Así que no podemos fingir que somos buenos y creemos que todos somos iguales pues no tratamos del mismo modo a una mujer bella que a una que es poco atractiva.

Si hubiera un reparo que se tenga que plantear tendría que ser que el protagonista no tiene matices. Jamás es puesto en peligro, su habilidad para asesinar es insuperable y no se nos permite verlo en una cuestión desfavorable. Es atractivo, un amante tipo película porno, arrojado, y pareciera un Sherlock Holmes más cerca de la versión de cine que de la original. En un momento se nos dice que su forma de mirar es una anticipación de la muerte y a todo aquel que se la inflige experimenta un frío estertor. Quizás así fue pensado el personaje de origen, lo cual no emborrona la habilidad del narrador, sólo digamos que no permite ver completamente al antihéroe.
La ambición de Hosne nos deja ver que está en contra de las convenciones, que no va a ceder un palmo a la policía literaria y que su apuesta también está en los alardes del lunfardo rioplatense: “El pato caminaba despacio, fumando canchero ¡un habano! Increíbles estos tipos, obsesionados por la apariencia aunque nadie los vea. Con que haya un gato sarnoso durmiendo debajo de un auto hacen su número igual, por las dudas, a ver si el gato aprende a hablar y le cuenta al mundo los grossos que son. El narcisismo, que hace quedar como idiota al inteligente y como idiota al idiota, en lo único a lo que se aferraba este tarado”. Es innegable que una parte del personaje tiene una deuda con la trilogía de Ernesto Sábato, el proyecto de lograr un antihéroe que se alimenta de la muerte de lo que más ama y de lo que odia. Sin embargo, Hosne cala aún más profundo por la gran claridad de su montaje narrativo, la profundidad de sus personajes, los cuales se tatúan en la mente del lector de inmediato, quizá porque alrededor nuestro hay ese mismo tipo de espíritus humillados. No me queda duda de que la voz de Hosne logra mejor esa infinita soledad de los personajes que la de Sábato, su confección es más precisa y su composición mucho más compleja; sin por esto escatimar la grandeza del autor de Sobre héroes y tumbas.
Ningún infierno es una obra que trascenderá, y que, por la cantidad de emociones contradictorias y disparatadas que le infligirá al lector, no deberá pasar desapercibida.

martes, 19 de julio de 2016

Mario Vargas Llosa, pasión intacta



En Cartas a un joven novelista, Mario Vargas Llosa (1936) hace una exposición del arte de narrar, concebir una historia y cómo novelarla. Igual que lo hiciera Rilke con Cartas a un joven poeta, el experimentado novelista responde a un novelista en ciernes para compartir su pasión por la literatura, su obsesión por algunos libros y la ilusión de fraguar una novela. Desde el comienzo, Vargas Llosa recurre a dos figuras zoológicas de la fantasía, la solitaria y el catoblepas; a la primera para subrayar que cualquiera que busque convertirse en escritor debe gozar y sufrir en beneficio de su vocación literaria, como sucede con las personas que padecen ese parásito. Recurriendo a un ser medieval, citado por Gustave Flaubert y Jorge Luis Borges, el catoblepas es un ser que tiene una cabeza tan pesada que no la puede levantar, se alimenta con una lengua larga, que, alguna vez, terminó llevando hasta sí sus propias patas. El catoblepas se volvió un ser que se alimenta consigo mismo, tal como el novelista, pues su biografía es la argamasa con la que están hechas sus novelas. Vargas Llosa también menciona técnicas como los vasos comunicantes, los juegos de espacio y juegos temporales que se pueden incluir en las novelas. Además, ofrece una lista de lecturas de clásicos imprescindibles.
El ejercicio se vuelve atractivo si a Cartas a un joven novelista el lector la relaciona con La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la Catedral, las novelas que le dieron celebridad internacional. El hecho de haber fraguado estas novelas y el cuentario Los jefes/Los cachorros le dio la oportunidad de ser uno de los más jóvenes de un grupo de autores en el cual estaba Julio Cortázar (1914-1984) y el llegar a disputarle el premio Rómulo Gallegos a Juan Carlos Onetti (1909-1994). Si por un momento queremos concebir la distancia, podemos imaginar a un Vargas Llosa doctorante teniendo como objeto de estudio los libros de Gabriel García Márquez (1927-2014), lo cual dio como resultado la obra Gabriel García Márquez: historia de un deicidio, de 1971.
A diferencia de los autores antes referidos, Vargas Llosa empezó a escribir a partir de una experiencia casi traumática, como fue el haber estado en el colegio militar Leoncio Prado. Con base en la discriminación racial del Perú, exhibiendo el machismo y la brutalidad castrenses, Vargas Llosa logra crear la historia vertiginosa de Alberto, un trasunto del autor, quien escribe novelitas obscenas para tener privilegios de sus camaradas; del Esclavo, un chico que ha devenido la víctima de la tropa, y del Jaguar, el personaje más complejo de la novela, un ser violento, vulgar y de una mentalidad atávica. Los episodios, monólogos interiores, las violaciones o los escarceos prostibularios son presentados de forma fragmentaria y aleatoria. Esto refuerza la forma de la historia y la dota de un suspense que no permite que la tensión decaiga.
En La utopía arcaica, Mario Vargas Llosa señala que la mayoría de los narradores latinoamericanos de inicios de siglo no estaban interesados en la técnica. Las novelas de esta época pueden tener virtudes, grandes descripciones, un aliento poético innegable, sin embargo, técnicamente son pobres. Vargas Llosa se refiere a la técnica como una suerte de atención a los entresijos narrativos: tipo de narrador, elección del punto de vista, inclusión de juegos espacio-temporales, distribución de los capítulos con una intención dramática definida, el dato oculto, etc. Es decir, un conglomerado de recursos que los anglosajones y angloamericanos han cultivado desde el siglo XVIII y que los latinoamericanos han incorporado de manera más reciente.
Vargas Llosa empieza a incorporar estas herramientas, premedita el orden de sus capítulos y el cómo irá agregando elementos para que la novela goce de una construcción definida. En el orden no hay espontaneidad, son novelas cuidadas hasta el último retoque. La técnica que adopta Vargas Llosa en particular es la del William Faulkner de Mientras agonizo o ¡Absalón, Absalón! La complejidad de las novelas de Vargas Llosa lo vuelve más exigente con su lector, sin embargo éste es recompensado con la riqueza y la complejidad de la historia.
La casa verde es claramente faulkneriana a partir de la exploración de la selva, Santa María de Nieva, donde don Anselmo “El Arpista” crea el prostíbulo así como Sutpen (¡Absalón, Absalón!) llegó, en una mulita, a tierras sureñas para erigir su imperio algodonero. Abastecida de un dato oculto, La casa verde narra tres espacios simultáneamente, se presenta una pareja con problemas de violencia y otra, donde hay el deseo de encontrarse para finalmente estar juntos. ¿Cuál es la relación de estas dos parejas en  la historia? La respuesta está en el desenlace. A la vez, el pensamiento dogmático, representado por la facilidad con la que la gente arengada por el párroco embiste contra el prostíbulo, nos muestra el choque de un mundo constreñido por los dogmas y enfrentado al mundo de la prostitución. Vargas Llosa ha expuesto la afición por la prostitución, el alcoholismo o el machismo en el Perú. Ya sea en Los cachorros o en Pantaleón y las visitadoras, este autor ha encarado la preeminencia que tiene el sexo en nuestras sociedades. El autor de Los jefes lo ha hecho de una forma casi sistemática al punto que uno lo puede ubicar como un antecedente en la crítica de numerosas prácticas de nuestra sociedad que, de momentos, se absuelven como si fueran usos y costumbres.
Por otra parte, La casa verde comprende un aspecto que no ha sido tan destacado por la crítica o la academia, precisamente, la exposición de la mujer como alguien que debe padecer una realidad violenta, debido a la poca importancia que le es otorgada en la sociedad machista. Una mujer en Bolivia o el Perú al inicio de siglo está condenada a la vida religiosa o a la servidumbre, ya que la alfabetización, la educación o la profesionalización están absolutamente fuera de sus posibilidades. La prostitución se vuelve la opción que le proveería cierta independencia, lo cual es lamentable. La casa verde no ha sido interpretada como una novela que retrate la vida de las mujeres, sus personajes femeninos son descritos con una sensibilidad que pocas estudiosas del feminismo podrían negar que hace una aportación valiosa en la denuncia del lugar que le da nuestra sociedad a la mujer.
Conversación en la catedral retoma la vida de Mario Vargas Llosa como estudiante en la Universidad de San Marcos. Retrata las conversaciones y proyectos de un grupo de activistas universitarios, quienes resisten a la dictadura de Manuel Antonio Odría (1896-1974), figura cuya nefanda memoria logró construir el autor de Cinco esquinas (2016). Esta obra es fundamental para la obra vargasllosiana debido a que insiste en su búsqueda por retratar todos los estratos sociales –tal como exigía Balzac en su Comedia humana–: sirvientas, choferes, editores, políticos, guardaespaldas, universitarios o amas de casa tienen un lugar y una historia. Ambicioso en su tendencia por retratar la hormigueante existencia de aquella “Lima la fea”, Vargas Llosa logra un convulso universo, un retrato de los años 60 en el Perú cooptado por los militares, los politiquillos y la corrupción. En esta obra, una de las frases iniciales, “¿En qué momento se jodió el Perú?, Zavalita?”, se acuña una de las realidades más palpables de países con un pasado precolombino importante. ¿Dónde quedó el esplendor de países como el Perú, Guatemala o México? ¿Qué ha quedado de esas culturas indígenas de tanta trascendencia? La presencia indígena, los “cholos” o los serranos conviven con un mundo de blancos. El hecho de que haya tal balcanización racial en Perú logra que la vida se vuelva más dura para las clases desprotegidas, explotadas o menospreciadas por parte de las élites. La dureza en muchos de los casos es retratada por un joven Vargas Llosa que se sentía interpelado por este mundo. Por otra parte, la violencia, la tortura y la persecución política se vuelven algo central en Conversación en la Catedral, además es retratada desde la perspectiva de la víctima y de aquel que la inflige. La forma en que el verdugo vive también se debe a situaciones de franca pobreza y de un mundo donde la necesidad hace del desempleado materia dispuesta para una sociedad piramidal.
La novela de corte histórico fue una tarea latente para los escritores latinoamericanos, desde El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, pasando por Terra nostra de Carlos Fuentes o El Otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez. A esta cita, Vargas Llosa no le hizo ascos y buscó reafirmarse como un gran novelista que frecuentara la investigación histórica y agregó a su obra la catedralicia La Guerra del fin del mundo, la cual cumple su 35º. aniversario este 2016. En ella retrata un episodio fundamental del Brasil, acaecido en la última década del siglo XIX. Una vez más, conformada por decenas de personajes, la historia consiste en la urdimbre de numerosas historias personales, episodios sociales y sentimientos trágicos o épicos. A diferencia de las obras anteriores, es en La Guerra del fin del mundo donde se concreta una épica que hasta el momento no había tenido esta contundencia. Debido a su formación militar, Vargas Llosa es un experto en la dirección de una o varias columnas militares. Es probable que ésta sea la razón por la cual ha dicho que esta novela le proveyó de una de “las aventuras literarias más ricas y exaltantes”. La creación de la novela surgió de la lectura de la obra maestra Los sertones (1902), de Euclides de Cunha, la cual goza del mérito de haber retratado la masacre sucedida en Canudos muy pocos años después de la tragedia que retrabajara Vargas Llosa. Debido a la valía literaria de La guerra del fin del mundo es que podemos ver cómo los resultados en su narrativa son un tanto desiguales; el peor problema de Vargas Llosa es que tiene novelas de una grandeza apabullante, con las cuales coexisten obras muy menores como El héroe discreto (2013), que prácticamente es una obra inferior. Vargas Llosa tiene una obra rica en novelas, entre las que se encuentra Lituma de los Andes, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, Elogio de la madrasta, la cual se continúa en Cuadernos de don Rigoberto, etc.

En su última etapa, Vargas Llosa ha buscado acercarse a temas más asequibles, El paraíso en la otra esquina o El sueño del celta, lo cual es un intento de alcanzar un público más amplio en diferentes idiomas. La postura, legítima, se separa de algo que el autor naturalizado español defendía, la necesidad de escribir sólo de temas que lo interpelaran personalmente. Se percibe que hay obras menos intensas o menos trabajadas como lo fueron las tres primeras de su obra que aquí he abordado brevemente. Como resultado de éstas, Vargas Llosa ha cosechado premios como el Premio de la Crítica, el Rómulo Gallegos, el Cervantes, el Asturias y, a manera de un reconocimiento mundial, el Premio Nobel en 2010. En Cartas a un joven novelista, Vargas Llosa afirmó que la búsqueda por escribir es: “Producto de una insatisfacción íntima contra la vida tal como es, la ficción es también fuente de malestar y de insatisfacción. Porque quien, mediante la lectura, vive una gran ficción regresa a la vida real con una sensibilidad mucho más alerta ante sus limitaciones e imperfecciones, enterado por aquellas magníficas fantasías de que el mundo real, la vida vivida, son infinitamente más mediocres que la vida inventada por los novelistas”. Autor de teatro, de ensayos muchas veces debatibles y columnista con ideas asaz discutibles en el campo político, Mario Vargas Llosa es una figura crucial en la literatura en español, a ratos inconsecuente y contradictorio, el autor de La ciudad y los perros ha creado un paradigma de la figura literaria en Latinoamérica. Para quienes hemos leído sus novelas con fascinación, sus ensayos y columnas con tolerancia, Vargas Llosa ya tiene un lugar indiscutible en cualquier biblioteca que albergue libros en la lengua que Miguel de Cervantes llevó hasta su punto más alto.– 
Este texto apareció en “La Jornada Semanal”.
Y por si les interesa, una cápsulas que preparó Canal 22 acerca de los 80 años de Vargas Llosa. Novelista, político y ensayista. 
https://www.youtube.com/watch?v=_XPuPi0kZwE
https://www.youtube.com/watch?v=LRQ5H_nDjr8
https://www.youtube.com/watch?v=inLJR0KePiI

jueves, 9 de junio de 2016

“Franqueza y responsabilidad”, por Ulises Velázquez Gil, sobre “Menos constante que el viento”


 Al principio de El poeta en su tierra, Braulio Peralta refiere, en su primera entrevista con Octavio Paz, una sencilla pero contundente respuesta a la pregunta sobre su acto de escribir: “Desde mi cuarto, desde mi soledad, desde mí mismo. Nunca desde los otros”. En el solitario acto de leer, se crea una conciencia solidaria cuando al final de nuestra lectura hacemos nuestras varias ideas expuestas ante nuestros ojos, y en el empeño de comprenderlas mejor se suscita una conversación interminable que es el escribir.
Crítico por partida doble (lector, escritor), Héctor Iván González nos presenta un volumen de ensayos (a la sazón, primer libro) donde esa “conversación” se conduce hacia otros lares de la palabra y del constante volver a sus viejos puertos, es decir, sus autores queridos por leídos, y viceversa.
Menos constante que el viento se compone por veinte ensayos, resultantes de coloquios, encuentros y persistencia lectora, que, como en el verso de William Shakespeare que da nombre al libro, […] “se ha dejado conducir por sus proclividades y que, eso sí, ha tratado de hacerlo con la mayor seriedad posible y con el rigor que es preciso imponerse al tratar estos temas; siempre evitando dejarse llevar por los efímeros gustos de su época o las imposiciones externas”.
Al revisar el índice del libro, varios de los autores referidos y estudiados por Héctor Iván González son de sobra conocidos, lo que suscitaría sospecha de nuestra parte, sin embargo, la incursión en cartografías previamente trazadas siempre se vuelve proteica mirada, como ésta sobre Octavio Paz, sobre el cual […] “es necesario precisar que […] no es el mejor ni el más importante, pero sí el más trascendente; ha sido crucial para las generaciones de poetas y de ensayistas que lo sucedieron, quienes pueden seguir su camino hasta convertirse en simples epígonos, o aquellos que se pelean con él y lo confrontan hasta acentuar sus excesos, lo iluso sería tratar de ignorar lo que hizo”.
Para la generación de González (que también es la mía, de cierta manera), no basta con creer la primacía de la figura paciana, sino más bien se busca justipreciarla, reconocerle aciertos y fallas, en aras de acercarse más al autor: “Derruir certezas también es un trabajo de la crítica. Quizá lo mejor que le hubiese sucedido a Paz hubiera sido empezar por el final y por ahí seguirse”. (El subrayado es mío.)
Otros autores dignos de mención en  Menos constante que el viento son Fernando del Paso, Nellie Campobello y Francisco Hernández, a quienes el autor dedica líneas acertadas, generosas e inteligentes; pondera su lugar  dentro de la literatura mexicana, así también las innovaciones que hacen única su obra, donde quiera que se dé su lectura. Incluso, para el ensayo sobre Del Paso, se permite cierto guiño anecdótico: “Fue en una cantina donde me orillaron a plantearme la escritura de este ensayo, si hubiese sido en una tasca de Madrid diría que “me tiraron de la lengua” al punto de casi no poder resistir más. En medio de una discusión de cantina a la manera de las discusiones que se suscitan en Palinuro de México […] me vi en la necesidad […] de poner por escrito qué representa una obra como la de Fernando del Paso en nuestros días”.
Para el ensayo sobre Campobello, Héctor Iván González ejerce una mirada periscópica por una escritora y hacia una obra digna no sólo de leerse, sino de estudiarse sin ceñirse a los dictados del momento. Desde el inicio de su ensayo ya sabemos a qué atenernos: “Al escuchar el nombre de Nellie Campobello surge una evocación involuntaria. Muchos no saben a dónde los llevará, algunos la siguen, otros se detienen y piden alguna referencia, pero todos tienen una reminiscencia, por vaga que ésta sea”.
En este punto, es deber del crítico dar luces sobre obras que han padecido el pecado de la omisión; con Campobello, como con Elena Garro y otras autoras, la omisión no es voluntaria, mucho menos involuntaria, sino injusta. Pero cuando aparece un buen crítico para resarcirle su justo lugar, todavía contamos con algo de esperanza. (Ojalá  el centenario de alguna de ellas, como me decía una joven narradora, no se vuelva “moneda de chocolate”.)
Además de los escritores antes referidos, el autor dedica líneas y generosos párrafos a otros que su curiosidad lectora y persistencia crítica no debe pasar por alto, o, por el contrario, de tan ensalzados en pedestal, digno es ponerlos a nivel de suelo. William Faulkner, Pierre Michon, Émile Zola y su J’accuse, Dante y Baudelaire (quienes, me imagino, ejercen una fuerza descomunal sobre el autor), aparecen en este libro a guisa de ejercicio de admiración (Cioran dixit). No cabe duda que al leerlos y someterlos al ojo clínico de la crítica, los hace menos lejanos, más nuestros. Incluso, con el siempre presente Alfonso Reyes –y La crítica en la edad ateniense– al describirlo a él, describe a todos los críticos, quienes ejercen […] “los mejores y más claros atributos de los que goza la crítica moderna: observación detenida del fenómeno, ejecución de un esfuerzo expreso de crear un entendimiento con la obra, persistencia de un diálogo total y un acercamiento que pueda presentar sus principios y la congruencia con sus resultados”.
Otro punto a favor dentro de Menos constante que el viento, son las “pequeñas historias” de algunas literaturas, como la argentina de los años recientes (con Alejandro Hosne como uno de sus representantes más sonados), o la genealogía poética del siglo XIX al XX y parte de los dosmiles. Aunque esa tarea no sea del todo nueva, la manera de hacerlo sí lo es, con un estilo sencillo pero acertado en sus afirmaciones; por otro lado, entre filias y fobias, digno es resaltar el ensayo sobre Manuel Vázquez Montalbán, escrito más con el corazón que con el hígado –“los temas nacen del hígado”, pontificaba Edmundo O’Gorman–, y no es para menos, pues en afán de compartir una grata experiencia lectora, nunca estará de más hacerse de varios libros suyos, o de perdida, releer los que se tengan a la mano.
En suma, Menos constante que el viento es la primera suma crítica de un escritor cuyo compromiso ineludible es con y para la literatura, y los procesos que de ésta se deriven; franqueza y responsabilidad vueltas conversación más allá del cuarto, la soledad, consigo mismo. Y en este sentido, todavía queda mucho por decir acerca de Héctor Iván González, a quien saludo desde aquí, en espera de la compilación que confirme el buen sino de su primer libro. (Así sea.)
(Texto publicado en “Flor y Látigo” http://florylatigo.org/?p=3695)